El reencuentro total
Ni el ruido de sables, ni los movimientos judiciales precipitados y repentinos, ni las manifestaciones iliberales, ni la intransigencia de algunos independentistas debería arruinar lo que toda España y Catalunya lleva una década esperando: el reencuentro total.
El reencuentro total es irremediable porque el fundamento de las instituciones de nuestros pueblos son exactamente los mismos: la Constitución, con sus imperfecciones, y por cómo se defina a sí mismo el pueblo catalán y español en su conjunto a través del Parlament y de las Cortes Generales recogiendo el sentimiento mayoritario de las personas.
Por tanto, teniendo como fundamento el reconocimiento del Estado de las modalidades lingüísticas, sociales y culturales que componen el sistema político español, unido a la vocación de autogobierno de Catalunya, hace altamente recomendable la exploración de vías que determinen la recepción definitiva del encaje de Catalunya en el Estado. Y para ello, el Estatut se hace una herramienta útil, por más que algunos la hayan denostado como medio.
Nótese que me he referido al Estado y no a España, puesto que nuestros pueblos están perfectamente encajados, si no, ¿Cómo podría funcionar día a día una comunidad autónoma con dos sentimientos o pareceres encontrados a nivel político si no hubiera una cierta avenencia social? Esto debería rebajar el nivel de tensión política de conflicto al de desavenencia.
Existen dos verdades que resultan innegables, y que además se pueden cohonestar con voluntad política de las partes: por un lado, que el hecho nacional de Catalunya ya se fundamenta per se en el artículo 2 de la Constitución, que reconoce las nacionalidades y proclama la indisolubilidad de la nación española; y por otro, que ha sido el propio Parlament el que ha definido a Catalunya como nación, hecho que fue recogido en el Estatut de Autonomía de 2006, pero que fue cercenado por la Sentencia del Tribunal Constitucional 31/2010, de 28 de junio.
Por tanto, el fundamento de su propio Estatuto podría resultar doble, la Constitución y el sentimiento de gran parte del pueblo catalán depositado en sus instituciones que a su vez se fundamentan en la Constitución, ¿Acaso el Parlament no ha declarado que Catalunya se siente nación? ¿Acaso el Estatut no es una Ley Orgánica que se somete a votación en el Congreso para la que se requiere mayoría absoluta? ¿Acaso los Estatutos de Autonomía no se fundamentan en la propia Constitución? Por consiguiente, sería muy interesante explorar la posibilidad de la inclusión de este hecho en el preámbulo de un nuevo Estatut, con expresa mención de su doble fundamento, y que pueda ser refrendado por la sociedad catalana, como paso a la resolución definitiva de un conflicto que ya se remonta a décadas y siglos atrás.
El ruido de estos días no nos debe hacer perder nuestro objetivo común como Estado; y aquí naturalmente entra Catalunya. Que el miedo y la descalificación entre las partes en liza no se inocule en nuestros pensamientos y se clave en nuestro cerebro como una astilla. Debemos avanzar juntos en la resolución de una desavenencia para la que ninguna de las partes tiene la fuerza suficiente de resolución definitiva (por no decir imposición, palabra que detesto).
Pero todo ello se topa con la cruda realidad: el exceso de protagonismo que se ha concedido al expresident de la Generalitat después de un período de ostracismo ha permitido ceder un tiempo valiosísimo a la derecha más conservadora y a la ultraderecha más reaccionaria que aspira a eliminar del mapa el diálogo y desmontar con la fuerza de los juzgados a todo aquel que no encaja en su cosmovisión centralista de España. Pues oye, España somos todos, también aquellos que se sienten nacionalistas. Y no se puede hacer caso omiso a su voluntad ad eternum para imponer una sola voluntad centralista mediante el ejercicio del monopolio de la fuerza coercitiva legítima.
Este error de cálculo de los Juntaires no solo ha añadido complejidad a la operación, sino que ha permitido engrasar el sistema planetario de la oposición política anti regeneracionista que se frotaba las manos ante la posibilidad de una repetición electoral. Posibilidad que resultó finalmente descartada.
Mientras Puigdemont andaba mareando la perdiz y pidiendo soluciones para sus 'soldados' (del latín, solidatus, el que cobra su estipendio en oro) la derecha conservadora ganaba fuelle y el PSOE se desangraba, por lo que, llegados a este punto de no retorno convenía culminar de forma inmediata la investidura para evitar un hipotético gobierno que puede resultar letal para la convivencia; y, por ende, en la posibilidad de que todo desembocara en una confraternización que a la vez le permitiera conformar un gobierno y determinar la estabilidad de toda una legislatura que se puede reputar agónica.
No debemos perder de vista que Junts per Catalunya no deja de ser escisión de la escisión de la antigua Convergència, partido tradicional de la derecha catalana, por lo que está por ver que Puigdemont haga las veces de facilitador de las políticas que pretende implementar el gobierno de coalición.
Los independentistas deberían adoptar una estrategia más inteligente y valorar de forma positiva los constantes intentos de acercamiento y resolución de las discrepancias políticas mediante el regreso del diálogo de donde nunca debió salir: el cauce político.
Se entiende que los partidos independentistas aspiren a posturas maximalistas, pero también deben considerar su falta de pujanza y apoyos electorales para llevar a término sus deseos hasta el final, por lo que en nombre de la propia democracia que todos anhelamos, deberían considerar la escucha activa y la profunda valoración de la seriedad con la que se tomó el Presidente Sánchez el problema catalán desde el primer momento.
Todos los vituperios, menosprecios y acusaciones de traición por parte de la ultraderecha política, mediática y judicial son la mayor prueba de que Sánchez trata de oír y satisfacer en la medida de sus posibilidades los intereses e inquietudes de todos los españoles, también de aquellos que votan opciones independentistas; entre los cuales, existen tendencias de diferente cariz; desde los que desean una independencia pasional por puro romanticismo y sentimiento nacionalista y étnico, hasta todos aquellos que ansían una regeneración profunda del Estado, que dispone de libertades, pero que, está determinado por una libertad política colectiva deficiente, al existir una clara desfiguración de las líneas que separan los tres poderes del Estado.
Existen soluciones alternativas al encaje de Cataluña en España, como la plurinacional o la federal, y se deben explorar las vías necesarias que permitan un apaciguamiento de la tensión social de forma definitiva; pero para ello, sería muy interesante que Puigdemont y los suyos valoraran abandonar la vía unilateral de modo definitivo y facilitaran una legislatura completa de avances sociales que se reputa compleja. Y, por otro lado, que el PP dejara de usurpar las instituciones del Estado que se les presupone, en esencia, neutrales.
Jonás Gámez Bakkali
